Turistas japoneses

De: mateocabello

06 09 am

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Categoría: Fotografía

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Apertura:f/6.3
Distancia focal:110 mm
ISO:1600
Obturación:1/1 segundos
Cámara:Canon EOS 350D DIGITAL

Para quienes no lo conocen, decir que el Monte Saint, es una abadía del siglo VIII que se encuentra en la costa de la Bretaña francesa, al norte del país. En realidad no es un monte, sino una isla. Curiosamente, esa parte del norte de Francia es lugar del mundo en donde las mareas son más fuertes. así que cuando la marea sube (algo que ocurre a una velocidad extraordinaria) el Monte Saint Michel queda completamente rodeado de agua y asislado de tierra, excepto por una carreterita de 5 metros de ancho y un par de kms de largo.  Detrás de la Torre Eiffel y el Louvre, es el tercer destino turístico más visitado en Francia.

Con este precedente, imaginaba que cuando lo visitáramos habría mucha gente. Pero resulta que el día elegido, para más inri, era festivo, así que en el hotel nos dijeron que seguramente estaría abarrotado. Y no abarrotado metaforicamente hablando, sino literalmente abarrotado, de no poder dar dos pasos, ya que el lugar además es muy pequeño y las callecitas que hay son terriblemente estrechas. En otras palabars, como sardinas en lata, aparentemente.

Así que decidimos no ir por la mañana, o al mediodía, o a primera hora de la tarde, cuando estarían todos los turistas todavía por allí. En vez de ello, y aprovechando que cierran casi a medianoche, fuimos a las 7 de la tarde, cuando la mayor parte de la gente se había ido. Ello implicaba no poder entrar en la Abadía pero la contrapartida era estar un poco más tranquilos. Además, pensamos, lo bonito del Monte Saint Michel es verlo desde fuera, no desde dentro…

El parking del monumento está tierra adentro, como a tres kilómetros, y hay un servicio de autobuses llevando y trayendo continuamente a los turistas por la carreterita… Pero en vez de subirnos al autobús, decidimos caminar los tres kilómetros y disfrutar de la vista del Monte Saint Michel conforme nos íbamos acercando. Eran las 7 de la tarde, y el día estaba despejándose (había llovido a cántaros por la mañana) y la luz que se iba filtrando por las nubes era no sólo muy bonita, sino también cambiante, lo que daba imágenes muy diferentes del lugar.

Total, que estuvimos allí casi tres horas, fundamentalmente viendo embobados como subía y bajaba la marea. A eso de las diez decidimos volver, y en vez de coger un autobús, decidimos hacerlo de nuevo andando, en la esperanza de que mientras volvíamos se encendieran las luces que iluminan el monumento.

Y ahí fue cuando nos encontramos con los turistas japoneses. Uno, cuando piensa en turistas japoneses, automaticamente se le viene a la mente una masa de gente bajándose de un autobús precedidos por un guía, haciendo fotos freneticamente durante cinco minutos, y marchándose del sitio tan rapídamente como han llegado. Como todos los estereotipos, esta imagen tiene algo de verdad. Pero como todos los estereotipos también, siempre hay gente que se encarga de echarlos por tierra…

Así que el panorama es el siguiente: 10 de la noche. Anocheciendo. Bastante frío. Ni un alma, excepto Marián y yo por los tres kilometros de carretera que separan el Monte Saint Michel de tierra. A nuestras espaldas, el Monte que se ilumina y con cada segundo que pasa es más y más bonito. Nosotros felices de la vida de haber decidido ir tan tarde y disfrutar de este momento tranquilamente, como si lo estuvieran encendiendo para nosotros solos…

Y de repente vemos venir a lo lejos, una fila de gente con chalecos reflectantes. Ordenadamente. Turistas japoneses. Pero no turistas japoneses de lo que visitaron el monumento por la mañana, estuvieron 15 minutos, hicieron muchas fotos, compraron tres recuerdos baratos y se fueron a hacer otras mil cosas. No. Otro tipo completamente diferente de turistas japoneses. Para empezar, turistas japoneses que habían decidido hacer como nosotros y huir de las masas. Turistas que, como nosotros, había decidido caminar y apreciar la belleza de lugar despacio, saboreándola… Turistas muy bien preparados, con sillas plegables, que si iban sentando allí y allá, a disfrutar del lugar. Que sacaban un trípode, un termo de café y se quedaban un rato, un buen rato, haciendo fotos de esto y lo otro, charlando… En resumen, turistas japoneses que estaba mostrando más sensibilidad y aprecio por la belleza que seguramente el 99% de la gente que había pasado por allí aquel día…

Así que me quedé con cara de admiración. Encantado. Y me vino a la memoria otra escena, hacía ya casi veinte años, estando yo una mañana en el Mirador de San Nicolás, en Granada. Era temprano y me estaba saltando las clases en la Facultad. En el Mirador no había nadie y todo era calma y tranquilidad – el sitio perfecto para leer. En esas llegó un autobús del que comenzaron a bajarse japoneses. Lo maravilloso del asunto es que, en vez de sacar sus cámaras fotográficas, hincharse de hacer fotos y largarse a toda prisa, lo que sacaron fueron útiles de dibujo y pintura. Eran 20 o 30 japoneses, la mayoría mayores, y se fueron sentando aquí y allá, con sus pinceles, sus atriles, sus lienzos, sus cuardenos y carboncillos, aquarelas… cada uno utilizaba una técnica distinta… Y en vez de estar cinco minutos, estuvieron toda la mañana, en silencio, apreciando la belleza de la Alhambra y tratando de capturar su magia, cada uno como pudo, en función de su habilidad y talento .

 

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