Salida al mar

De: mateocabello

05 28 pm

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Categoría: Fotografía

1 comentario

Apertura:f/10
Distancia focal:80 mm
ISO:400
Obturación:1/640 segundos
Cámara:Canon EOS 350D DIGITAL

Jamás he conocido a nadie a quien no le guste el mar. Jamás. Para algunos, es incluso como una droga: algo tan necesario como respirar o comer. Se me viene a la cabeza un compañero que tenía en Bradord, que se llamaba Anthony y era de Trinidad y Tobago, en el Caribe. Bradford, para quien no la conozca, es un ciudad gris, fea y triste en mitad de Inglaterra . El caso es que era evidente que Anthoy lo estaba pasando especialmente mal. Un día, a mediados de febrero, le pregunté como estaba, y me dijo que estaba sopesando dejar el master y volver a casa. “No soporto estar lejos del mar”, me dijo. Y añadió: “En Trinidad, cuando estoy triste voy a la playa. Cuando estoy contento voy a la playa. Cuando quiero ir de fiesta con mis amigos, voy a la playa. Cuando necesito estar solo y tranquilo, voy a la playa. Cuando estoy con la familia, voy a la playa. Pero aquí…”

El ejemplo más claro de esta obsesión con el mar quizás sea Bolivia. Allí celebran cada 23 de marzo el Día del Mar, para conmemorar la pérdida del litoral del Pacífico en la guerra que los enfrentó con Chile entre 1879 y 1883. Desde entonces, y han pasado casi 150 años, la ausencia del mar es una herida abierta para la mayor parte de los bolivianos – y motivo de animadversión eterna hacia los chilenos. Cuando viví en Bolivia, pude comprobar de primera mano hasta donde llega esta fijación con el mar… Pero para explicarla bien, nadie mejor que Mario Benedetti, en su relato corto ‘Un boliviano con salida al mar’ – uno de los relatos más tiernos y maravillosos del genial escritor uruguayo. El relato dice así:

“Nunca he podido confirmarlo, pero dicen que en plena guerra de las Malvinas le preguntaron a Borges qué solución se le ocurría para el conflicto, y él, con su sorna metafísica de siempre, respondió: “Creo que Argentina y Gran Bretaña tendrían que ponerse de acuerdo y adjudicar las Malvinas a Bolivia, para que este país logre por fin su salida al mar”.

En realidad, la ironía de Borges (siempre que la cita sea verdadera) se basaba en una obsesión que está presente en todo boliviano, ese alguien que siempre parece estar acechando el horizonte en busca del esquivo mar que le fue negado. Tiene el Titicaca, por supuesto, pero el enorme lago sólo le sirve para que crezca su frustración, ya que en vez de conducirlo a otros mundos, sólo lo conduce a sí mismo.

De todas maneras, cuando algún boliviano llega al mar, aunque éste sea ajeno, siempre se trata de un blanco, nunca de un indio. Hubo un indio, sin embargo, nacido junto a las minas de Oruro, que por un extraño azar pudo alcanzar el mar prohibido.

Debió ser un niño simpático y bien dispuesto, ya que una dama paceña, que estaba de paso en Oruro y pertenecía a una familia acaudalada, lo vio casualmente y se lo trajo a la capital, allá por los años cincuenta. Rebautizado como Gualberto Aniceto Morales, aprendió a leer y aprendió a servir. Y tan bien lo hizo, que cuando sus patrones viajaron a Europa, lo llevaron consigo, no precisamente para ampliar su horizonte sino para que los auxiliara en menesteres domésticos.

Así fue que el muchacho (que para ese entonces ya había cumplido quince años) pudo ir coleccionando en su memoria imágenes de mar: desde la tibieza verde del Mediterráneo hasta los golfos helados del Báltico. Cuando al cabo de un año sus protectores regresaron, Gualberto Aniceto pidió que lo dejaran viajar a su pueblo para ver a su familia.

Allí, en su pobreza de origen, en la humilde y despojada querencia, ante la mirada atónita y el silencio compacto de los suyos, el viajero fue informando larga y pormenorizadamente sobre farallones, olas, delfines, astilleros, mareas, peces voladores, buques cisternas, muelles de pescadores, faros que parpadean, tiburones, gaviotas, enormes transatlánticos.

No obstante, llegó una noche en que se quedó sin recuerdos y calló. Pero los suyos no suspendieron su expectativa y siguieron mirándolo, esperando, arracimados sobre el piso de tierra y con las mejillas hinchadas por la coca. Desde el fondo del recinto llegó la voz del abuelo, todavía inexorable, a pesar de sus pulmones carcomidos: “¿Y qué más?”.

Gualberto Aniceto sintió que no podía defraudarlos. Sabía por experiencia que la nostalgia del mar no tiene fin. Y fue entonces, sólo entonces, que empezó a hablar de las sirenas.”

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Un comentario el “Salida al mar”

  1. Me ha encantado todo :la foto y aún más ,el comentario .Una maravilla


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