Los coches de choque

De: mateocabello

03 30 pm

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Categoría: Fotografía

1 comentario

Apertura:f/10
Distancia focal:49 mm
ISO:1600
Obturación:1/30 segundos
Cámara:Canon EOS 350D DIGITAL

Con las ferias me pasa más o menos igual que con la Navidad: me gustan más para verlas desde fuera que para vivirlas desde dentro. Supongo que en ello influye mucho el hecho de que de chico me mareara en la mayoría de las atracciones o que las manzanas caramelizadas me dieran más repulsión que otra cosa. Y como no, en mi falta de entusiasmo por las ferias o la Navidad también influye el hecho de que no tengo hijos.

Sea como sea, para mi las ferias tienen algo de anacrónico, de añejo. Hace 40 ó 50 ó 60 años, cuando no había casi televisión, ni la gente viajaba apenas, ni existían internet o los videjuegos, era normal que las ferias fueran algo extraordinario. Hablo de épocas muy pasadas, casi imposibles de imaginar ahora, en las que en los pueblos no había más espacio de diversión que algunos bares, y que donde al caer la tarde en invierno todo el mundo se encerraba en sus casas. Hablo de épocas donde los hombres trabajaban de sol a sol en el campo, y las mujeres pasaban todo el día cuidando de los niños y la casa. Hablo de la España de la postguerra, con sus restriscciones de todo: de libertad, de dinero, de diversión, de tranquilidad. Ahí si que las ferias eran poco más o menos que el acontecimiento del año – una oportunidad única para olvidarse de las penurias cotidianas y disfrutar por unos días de un mundo de fantasía, lleno de luces, atracciones exhuberantes, música y diversión.

En todo eso iba pensando el otro día mientras caminaba por una feria de La Herradura que estaba completamente abarrotada de gente. Veía los puestos de peluches (“que alegría, que alboroto, otro perrito piloto!!!!”) y entendía que hace 80 años ganar un peluche en la feria para regalárselo a la novia o tus hijos debía ser un acontecimiento (en el pueblo era imposible comprar nada así, porque lo más que había era una tienda de abastos y poco más). Lo interesante es que ahí siguen, en pleno 2012, cuando un peluche se puede comprar por nada en cualquier tienda.

De igual manera me asombré al comprobar que la feria también tenia sus puestos con escopetas de plomo para tirar al blanco (con botellitas pequeñas de ron o licor como premio), o la pequeña noria, o el puesto del algodón de azucar y las barretas de caramelo fundido con almendras, o coco. Todo, ya digo, con un aire muy antiguo. Incluso los turrones envueltos en plastiquillos finos parecían que llevaban medio siglo en los estantes de los puestos de la feria. En esas estaba cuando llegué enfrente de los coches de choque, que estaban llenos (en la foto están vacíos pero porque la tomé muy temprano, cuando todavía la feria no había empezado a funcionar apenas). Y juro que me entraron ganas de subirme a ellos, como cuando era pequeño, y me gastaba todo el dinero que me daban mis padres en ellos.

Fué entonces cuando lo comprendí todo: el encanto de la feria estriba precisamente en el hecho de que es siempre la misma. En una época en la que un día tienes un DVD, y al día siguiente está obsoleto porque lo nuevo es el Blue-Ray; en que el Iphone 3 que te compraste con toda la ilusión del mundo mañana no vale nada porque han sacado el Iphone XP con mil prestaciones nuevas; donde internet y la tele transmiten a diario inseguridad, y bullicio, y nos dan más información de la que podemos procesar. En un mundo donde las cosas cambian mucho más rápido de lo que casi nadie puede asimilar, la feria, la feria de toda la vida, es un espacio donde nos encontramos a gusto precisamente porque todo permanece igual. La feria es un espacio conocido, maravillosamente previsible; un lugar de encuentro con uno mismo, con nuestra propia infancia, con esa época donde las cosas eran mucho más simples y más bonitas. Un espacio donde es casi imposible no sentirse niño de nuevo.

Así que gracias, Hermanos Pérez, por la parte que os toca…

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Un comentario el “Los coches de choque”

  1. Indeed….


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