África

De: mateocabello

03 03 pm

Etiquetas:, ,

Categoría: Fotografía

3 comentarios

Apertura:f/8
Distancia focal:300 mm
ISO:200
Obturación:1/500 segundos
Cámara:Canon EOS 350D DIGITAL

Hace unos meses, hablando con un colega de otra empresa – estábamos preparando un proyecto juntos, me dijo que acababa de volver de Nigeria. “Everything OK?” le pregunté yo de forma genérica, sin referirme a nada en concreto. “Oh, yes, everything is OK when you return from Nigeria” (Si, todo está estupendamente cuando vuelves de Nigeria).

Nigeria es un país difícil en muchos sentidos. Quizás el más difícil de todos los países africanos en los que he trabajado – y ya son unos cuantos. Así que entiendo perfectamente el sentimiento de alivio que supone meterse en un avión y volver a casa. Yo mismo me he sentido así esta mañana temprano, al subirme en el taxi que me llevaría al aeropuerto (aunque uno nunca está seguro de dejar el país del todo hasta que ya se está dentro del avión). Pero el alivio de dejar Nigeria y la alegría de volver a casa no eran los únicos sentimientos que sentía: también tenía una cierta (y sorprendente) sensación de pena. O igual no era pena en el sentido estricto de la palabra. Pero si algo parecido. A ver si me explico…

Iba yo en mi taxi, con la ventanilla bajada y la cabeza medio fuera, como un perrillo. El vientecillo de la mañana era de lo más agradable. Por primera vez en dos semanas no iba hacia ninguna reunión de trabajo o volvía de una. Por primera vez en dos semanas el paseo era casi por placer. Ningún estrés, ni necesidad de ir tomando notas mentales sobre qué se había hablado con fulanito o menganito o cual era el motivo de la siguiente reunión.  Y al otro lado del taxi estaba África. No quiero decir con esto que el resto del tiempo no sepas donde estás. Simplemente estás concentrado en el trabajo – sabes que estás en Nigeria (¿¿cómo olvidarlo??), pero lo procesas de otra forma. Por así decirlo, tienes una serie de problemas que resolver, o unas preguntas que contestar, y estar en Nigeria forma parte de la ecuación – no exactamente de una forma abstracta, pero sí sin alcanzar un significado pleno.

Esta mañana me he fijado en esas otras cosas en las que, entre reunión y reunión, sólo ves de pasada. Y la que siempre me llama la atención por encima de todas las demás es el intenso color rojo de la tierra. Y da igual que sea Kenia, o Ruanda o en Nigeria, porque la tierra en África es siempre brutalmente roja (la única tierra que he visto tan roja en toda mi vida era en el Barzain, en Dúrcal, cuando era pequeño – ¿te acuerdas, mamá?)

Decía antes que me iba contento, pero también con un cierto sentimiento de pena. Sólo que no era pena. Te vas de África y no la echas de menos, y al mismo tiempo, sin embargo, sientes que dejas algo atrás que forma parte de ti. Es una sensación muy, muy extraña que no puedo explicar. Pero por ejemplo, si comparo con América Latina, el contraste es enorme: yo SI echo de menos Bolivia, y siempre estoy siempre deseando que me manden por trabajo a sitios como Nicaragua o República Dominicana. Esto no me pasa con África. Y sin embargo esa extraña sensación que tengo siempre que me marcho de aquí es real. Real e intensa. Un ejemplo de ello es Nairobi – cuando estoy trabajando allí siempre vuelo de vuelta a Londres los viernes a las 23.30 de la noche para aprovechar mejor la semana. Dejo el hotel a eso de las 6 de la tarde (última hora posible antes de que te cobren un día entero más) por lo que quedan un par de horas libres antes de irme al aeropuerto. Lo que suelo hacer es darme un paseo por la ciudad, que a esas horas, en viernes, está repleta de gente marchándose a sus casas (es la hora en la que la gente sale del trabajo). Y cuando digo repleta, me refiero abarrotada. Una marea de gente en movimiento en busca del autobús o la furgoneta colectiva que les lleve a casa. Por un par de horas, al final de cada misión, me sumerjo en la masa humana que es Nairobi. Y durante ese rato se me olvida la alegría que tengo por irme y me siento uno más: me siento como si ya estuviese en casa. Eso es lo que me ha pasado esta mañana. Exactamente eso. Robert Stone, mi jefe, me dijo que una vez que África se te mete dentro, es imposible dejarla atrás. Y creo que tiene toda la razón del mundo. África puede gustarte más o menos, pero es imposible sacártela completamente del cuerpo. Y creo que la parte de África que llevas dentro de ti es la que de una forma u otra se resiste a que te vayas, y de ahí que se genere el sentimiento de pena, que no es pena, sino algo mucho más extraño, como dije antes.

 (Posdata: el post lo he escrito pensando en mi sobrino Santi, quien tiene ya 13 años, y quien empieza a tener edad para darse cuenta de lo enorme y maravilloso que es el mundo ahí fuera)

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3 comentarios el “África”

  1. Cierto Mateo. Mi padre siempre dice que África es para él, el más cautivador de los continentes, el más enigmático, a pesar de no haberlo visitado. Comenta que quizás sea por tantas y tantas historias de selva y safaris que leyó de joven (cuenta ya con 71 años de vida). Yo coincido con él y contigo en la atracción de África. Cada sitio que visitamos ocupa un lugar en nuestra memoria y nuestro corazón. Me alegro que ya estés en tu casa, amigo.

  2. Es algo curioso lo de sentirte “como en casa” en un lugar que no es el tuyo. Yo que he cambiado varias veces de residencia en España y Francia, puedo contarte que el lugar en el que me siento más cómoda (que es lo que yo llamo estar como en casa) es un lugar aislado, un pequeño pueblo donde vive poca gente y sencilla, naturaleza al rededor y muchos olores. Supongo que siempre el lugar donde te encuentras bien es el que está más acorde a tu forma de ser. No conozco Africa, pero me la imagino hospitalaria, alegre y triste, bulliciosa, silenciosa y ruidosa, caótica y ordenada. Muy próxima a cómo creo que somos los seres humanos, todo menos uniformes, como lo son nuestras ciudades en Inglaterra (tu casa), España y Francia.


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