Cena en Auschwitz

De: mateocabello

03 25 pm

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Categoría: Fotografía

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… y por cierto, de entrante he tomado el mejor carpaccio que he comido en años… sólo a la par del que servían en el Pettirosso, en La Paz.

Obvia decir que no he cenado en Auschwitz sino en el Hotel de las Mil Colinas, en Kigali, Ruanda. Para quien no se acuerde, Ruanda fue escenario de un genocidio en 1994 cuando cerca de 800,000 tutsis y hutus moderados fueron asesinados, la mayoría de ellos a machetazos.  El horror duró 100 días. Justo el 7 de abril, el día que me marcho de Ruanda, hace 17 años, comenzó la matanza.

Nadie que viniera a Ruanda hoy y no supiera qué pasó aquí podría imaginarlo viendo Kigali hoy . La ciudad está implecablemente limpia, el tráfico es ordenado (nada que ver con Nairobi o Lagos, por ejemplo) y la seguridad es fantástica. Puedes caminar a cualquier hora del día o de la noche tranquilamente, sin temor alguno.

El Hotel de las Mil Colinas es uno de los hoteles más lujosos de Kigali, y está justo enfrente del mío, que es mucho más modesto. He ido a cenar allí porque después de una semana intensa de trabajo, y siendo viernes por la noche, he pensado que me merecía una comida rica. Sin embargo, la cena no me ha sentado bien del todo…

A quien haya visto la película “Hotel Ruanda” le sonará el nombre del Hotel de las Mil Colinas. La película está basada en hechos reales: mientras que cientos de miles de tutsis eran macheteados hasta morir en Kigali, y en todo el pais, el Hotel de las Mil Colinas se convirtió en un santuario para casi 1000 tutsis que encontraron allí refugio, primero al amparo de la bandera azul de Naciones Unidas que ondeaba en la puerta, y luego protegidos por la valentía del gerente del hotel (Paul Rusesabagina, uno de los pocos héroes del genocidio en Ruanda, junto con Romeo Dallaire, el general canadiense que comandaba las ¿fuerzas? de Naciones Unidas (450 soldados mal armados) para frenar un genocidio que se llevó por delante a casi un millón de personas (Recomiendo leer el libro de Dallaire “Estrechando la mano del diablo”). 

Pero fuera de las puertas del hotel estaba el horror. Justo esas mismas puertas que he cruzado ya varias veces desde que estoy aquí, todos los días se reunía una multitud de hutus con machetes que esperaba pacientemente a que las fuerzas de Naciones Unidas se retiraran para asaltar el hotel y matar a todos sus ocupantes. Afortunadamente eso no pasó y esas casi mil personas pudieron vivir para contarlo. Así que el Hotel de las Mil Colinas es uno de los pocos sitios de Kigali adonde no llegó la muerte. Y sin embargo, ya digo que la cena no me ha sentado bien del todo…

En Ruanda no se habla apenas del genocidio, y el gobierno hace todo lo posible por traer reconciliación al país. Por ejemplo, se ha eliminado del vocabulario cualquier mención a Tutsis y Hutus, y sólo se habla de ruandeses. Es imposible encontrar en documentos oficiales, en los periódicos o en la calle cualquier cosa que tenga algún tipo de connotación étnica. Sin embargo, a poco que mires bien, el Genocidio está ahí. Sin ir más lejos, el chico que trabaja en la recepción de mi propio hotel, que tendrá unos veintipocos años, tiene un tajo de dos dedos de hondo en la parte de atrás de la cabeza. No creo que se lo hiciera al caer por la escalera.

Yo mismo, voy por la calle y a veces, al fijarme en tal o cual persona, no puedo evitar pensar en qué estaría haciendo 17 años atrás. Si sería una víctima o un verdugo. Porque esa es otra: el genocidio no fué cosas de unos poquitos enloquecidos (las infames milicias hutus Interahamwe, que significa “los que matan juntos”) sino que participaron en él activamente cientos de miles de hutus. De hecho, 125,000 hutus fueron juzgados y encarcelados por su participación activa en el genocidio. Muchos de ellos lo hicieron porque sinceramente creían que los tutsis eran infra-seres humanos que merecían morir. Otros porque simplemente se lo ordenaron. Y otros, porque si no agarraban un machete y comenzaban a matar tutsis, serían ellos a los que pondrían en la fila del matadero. La filosofía detrás de todo esto era lograr la implicación del mayor número de gente posible en la matanza: sólo así, a través de la culpa colectiva, no habría castigos ni culpables individuales.

Varios libros recogen lo que fueron aquellos días del horror. Me gustan especialmente los de Jean Hatzfeld que cuenta el genocidio desde la perspectiva de los supervivientes, pero también de los verdugos. Este último, “El tiempo de los machetes”, recoge los testimonios de varios de los genocidas encarcelados, donde explican lo agotador y laborioso que era asesinar a machetazos a cuatro o cinco mil personas. A veces, a un grupo de entre 50 y 100 asesinos les llevaba más de 4 días acabar con todos ellos. Los verdugos reunían a las víctimas, y las encerraban en un sitio público de donde los iban sacando poco a poco para ejecutarlos. De hecho, algunas de las mayores atrocidades que se cometieron en Ruanda fueron en iglesias, en muchos casos con la ayuda de sacerdotes católicos hutus.

En todas estas cosas he pensado mientras cenaba. Ya digo que en el Hotel de las Mil Colinas hubo un final feliz. Pero mientras cenaba en la terraza del hotel, en la cuarta planta, con una vista maravillosa de la ciudad, en una noche preciosa, con una temperatura perfecta, no he podido dejar de imaginar que allí mismo, justamente allí mismo, pasaron dos meses cerca de mil personas, pensando si aquel día sería el último en que estarían vivos… teniendo la misma vista que estaba teniendo yo en esos instantes, sólo que en vez de oir la música de fondo de la orquesta que tocaba en el jardín, oían los cánticos de las milicias hutus en la calle… diciendo que iban a morir…

Todo eso he estado pensando, y claro, la cena no me ha sentado bien…

Mañana sábado visitaré el Kigali Genocide Memorial Centre. Lo haré con el estómago todavía más encogido que ahora. Pero tengo que hacerlo – sólo el recuerdo es lo que puede hacer posible que cosas como el genocido de Ruanda (o el genocidio en Bosnia, que estaba pasando a la vez) vuelvan a repetirse. Pero no creo que haga fotos. No voy allí a hacer turismo. Por eso, por primera y quizás última vez en este blog, no hay una foto mía – la imagen que está de cabecera de esta entrada es la de una película que recomiendo muy mucho ver. Yo casi la he revivido hoy de nuevo…

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